La lluvia ácida en Irán se ha convertido en una de las consecuencias ambientales más graves de los ataques militares contra infraestructuras petrolíferas en el país. Organizaciones ecologistas, como Greenpeace, alertan del grave impacto que tienen los bombardeos sobre refinerías y oleoductos, los cuales liberan contaminantes atmosféricos que amenazan la salud humana, la agricultura y los ecosistemas. Esta combustión descontrolada de petróleo sin refinar genera grandes cantidades de óxidos de azufre y nitrógeno, que al mezclarse con la humedad del aire, producen precipitaciones ácidas con un pH alarmantemente bajo, capaz de provocar daños significativos en la flora y los recursos hídricos.
Además, la lluvia ácida afecta de manera directa la salud de millones de personas expuestas a estos contaminantes. Los gases tóxicos generan problemas respiratorios y cardiovasculares, especialmente en ciudades como Teherán, donde la orografía retiene la contaminación. Los expertos advierten que la destrucción ambiental provocada por conflictos bélicos no solo tiene repercusiones inmediatas, sino que puede alterar la fertilidad de los suelos y la calidad de las aguas durante décadas, lo que amenazaría la seguridad alimentaria y la estabilidad ecológica de la región. Las organizaciones ecologistas piden mayor protección internacional para las infraestructuras ambientales y energéticas en contextos de guerra, dado el amplio impacto de estas acciones en la salud y el medio ambiente.