Ante la actual sequía prolongada y la disminución de recursos hídricos, Estados Unidos está ampliando su uso de la desalinización de agua del océano como fuente habitual de agua potable. Actualmente, el país cuenta con más de 20.000 plantas operativas y una capacidad instalada que aumentó de 302 millones de galones diarios en 2009 a unos 479 millones en 2022. Ejemplos destacados incluyen la planta de Carlsbad en California, que produce aproximadamente 50 millones de galones diarios, contribuyendo con un 10% al suministro local. Además, se están realizando negociaciones para proveer agua desalada a regiones como Arizona y Nevada.

Sin embargo, la desalinización presenta retos ambientales significativos. El proceso, que utiliza principalmente ósmosis inversa, requiere considerable energía y genera un residuo salino que debe ser tratado adecuadamente para evitar impactos negativos en el ecosistema. A pesar de su potencial como solución, muchos expertos advierten que la desalinización no debe reemplazar otros métodos de gestión del agua, como el reciclaje de aguas urbanas y la eficiencia en riego. La clave radica en asegurar que la energía utilizada para este proceso provenga de fuentes renovables y que la salmuera se maneje de manera adecuada, minimizando su impacto sobre el medio ambiente.