Estudios científicos recientes han revelado que los pollos poseen capacidades cognitivas y sociales más avanzadas de lo que se pensaba, mostrando habilidades como la memoria, resolución de problemas y relaciones sociales complejas. A pesar de esto, la producción ganadera industrial prioriza el rendimiento económico, dejando de lado el bienestar animal y creando intensos debates sobre sus condiciones de cría.
Además de las cuestiones éticas, la producción intensiva de pollos genera un impacto ambiental significativo, dado que los residuos de estas explotaciones pueden llegar a dañar ecosistemas acuáticos. Por otro lado, se han documentado efectos negativos en la salud pública relacionados con la resistencia a antibióticos. Sin embargo, la industria alimentaria está experimentando un cambio relevante con el crecimiento de alternativas vegetales que imitan el sabor y la textura del pollo, permitiendo a los consumidores reducir su consumo de carne sin un cambio drástico en su dieta.