El fenómeno de El Niño vuelve a capturar la atención mundial por su potencial para intensificar los efectos del cambio climático. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) estima que hay un 80% de probabilidad de que El Niño se consolide entre junio y agosto, alcanzando un 90% de probabilidad de persistir hasta noviembre. Esto plantea serias preocupaciones sobre su impacto en las temperaturas globales, así como en los patrones de precipitaciones, generando sequías y eventos climáticos extremos con efectos directos en la agricultura y la seguridad alimentaria.

En España, la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) señala que, aunque no hay una relación directa entre El Niño y el clima en la Península Ibérica, se anticipan variaciones en el clima durante el otoño e invierno. Históricamente, estos episodios han estado relacionados con inviernos más húmedos y temperaturas más cálidas, lo que podría llevar a un trimestre más caluroso de lo habitual en el norte y las Baleares.

El informe del Centro Común de Investigación de la Comisión Europea advierte que El Niño podría desencadenar una crisis climática sin precedentes en 2027, con una intensidad que superaría los eventos anteriores. Las proyecciones sugieren que esto resultará en sequías severas en regiones clave para la producción agrícola, lo que podría agravar la inseguridad alimentaria y provocar un aumento de los precios agrícolas. Además, el aumento de las temperaturas esperado durante este fenómeno afectará de manera significativa a regiones como África, Asia y América, y podría alterar los patrones climáticos en Europa.

Los expertos subrayan la urgencia de establecer medidas para mitigar estos impactos, y aunque la ventana de oportunidad para prepararse es limitada, las previsiones actuales ofrecen margen para optimizar respuestas y movilizar recursos ante la inminencia de este evento climático.