El estrés térmico, consecuencia de las altas temperaturas, se está intensificando globalmente, afectando con especial severidad al Mediterráneo y América del Sur. Desde la década de 1970, se han añadido hasta 50 días al año con estrés térmico de fuerte a extremo en estas regiones. Este fenómeno, definido por la carga térmica que soporta un individuo y que depende de la temperatura, humedad, viento y radiación, ha incrementado tanto durante el día como en las noches, donde las temperaturas mínimas son cada vez más altas.

Un estudio publicado en Nature Climate Change, liderado por el Centro europeo de previsiones meteorológicas a medio plazo, muestra que el fenómeno ha aumentado la exposición de la población, que ha pasado del 16 % al 22 % de la población mundial, lo que representa un incremento de mil millones de personas en riesgo. Asimismo, se ha constatado una mayor frecuencia de episodios de estrés térmico extremo, caracterizados por días consecutivos de altas temperaturas. Los investigadores proponen medidas como sistemas de alerta temprana y estrategias de refrigeración para combatir estos efectos adversos en la salud pública.