En Villalcázar de Sirga, Palencia, Emilio Medina, un agricultor de 26 años, ha logrado hacer florecer semillas antiguas, incluyendo un tomate soriano de 1916. Esta iniciativa, que va más allá de la simple nostalgia, muestra la importancia de cultivar y mantener la biodiversidad agrícola. Medina ha recuperado la tierra de sus bisabuelos y ha empezado a cultivar variedades olvidadas, demostrando que la calidad y el sabor de los alimentos son fundamentales en la actualidad.
Uno de los aspectos más destacados de esta recuperación es la creación de semillas viables que pueden ser cultivadas en las próximas temporadas. Esto no solo contribuye a la conservación de la biodiversidad, sino que también permite a los consumidores disfrutar de tomates que realmente saben a tomate. La agricultura comercial ha favorecido durante años la producción de variedades uniformes, sacrificando el sabor y la resistencia. La FAO ha advertido sobre la pérdida significativa de la diversidad genética de los cultivos, subrayando la necesidad de preservar variedades locales para abordar los desafíos del clima y las plagas.
La colección personal de Medina supera las 1.200 variedades, muchas de las cuales provienen de fuentes no comerciales. Su trabajo no solo resalta la fragilidad de estos cultivos tradicionales, sino que también plantea una reflexión sobre la calidad frente a la apariencia, invitando a los consumidores a valorar los productos locales y apoyar a los pequeños productores. Este esfuerzo por revivir tomates históricos como el de 1916 evidencia que la sostenibilidad empieza desde la conservación de pequeñas semillas en el campo.