El deshielo en la Antártida ha destapado una grave amenaza ambiental, aumentando la contaminación por mercurio en un 160 % desde la era industrial. Esta situación surge a medida que el hielo se derrite, liberando un metal que había permanecido atrapado durante siglos. El agua resultante arrastra este contaminante hacia los océanos, donde se evapora y puede volver a la atmósfera.

Investigaciones realizadas por científicos de China y Norteamérica han documentado que la tasa de acumulación de mercurio en la plataforma continental antártica duplica la de otras regiones del mundo, alcanzando unos 93 microgramos adicionales por metro cuadrado cada año. Este fenómeno ha sido identificado como una consecuencia directa del cambio climático, que está acelerando el retroceso de los glaciares y facilitando la erosión del terreno.

Los efectos de este aumento de la contaminación son alarmantes, pues el mercurio es capaz de transformarse en metilmercurio, un compuesto altamente tóxico que se acumula en la cadena alimentaria de los ecosistemas marinos. Por ello, los científicos llaman a la acción, advirtiendo que la gestión del deshielo debe ser prioritaria en las políticas ambientales, dado el riesgo que conlleva la liberación de sustancias tóxicas por el calentamiento global.