La implementación de zanjas en la frontera de Chile ha generado serias preocupaciones entre científicos y expertos en biodiversidad, ya que estas barreras físicas amenazan la fauna del Altiplano y rompen corredores ecológicos vitales. El objetivo del gobierno chileno es fortalecer el control migratorio, pero estas zanjas, que pueden alcanzar profundidades de hasta tres metros, impactan gravemente en ecosistemas frágiles que albergan especies como vicuñas, pumas y tarucas, las cuales dependen de la movilidad para sobrevivir debido a la escasez de recursos en su entorno.
La fragmentación del hábitat que provocan estas estructuras no solo dificulta el desplazamiento de fauna, sino que puede actuar como trampas para animales pequeños, aumentando su mortalidad. Expertos advierten que la interrupción en las rutas migratorias puede llevar a la división de poblaciones y una disminución de la diversidad genética, lo que potencialmente eleva el riesgo de extinción local.
Además, las zanjas podrían alterar los cursos de agua e impactar los bofedales, ecosistemas acuáticos cruciales que sustentan la flora, fauna y comunidades humanas locales. La falta de estudios de impacto ambiental y la estrategia de manejo compartido entre Chile, Perú y Bolivia son aspectos críticos que requieren atención, ya que las decisiones unilaterales pueden tener repercusiones severas en toda la región. Por todo esto, se hace necesario un enfoque coordinado que priorice tanto la seguridad fronteriza como la conservación de la biodiversidad.