Un reciente estudio de la Universidad de Lancaster ha alertado sobre el aumento del ácido trifluoroacético (TFA), una sustancia química que no se descompone y que está creciendo en depósitos sobre la superficie terrestre. Este contaminante se deriva en gran parte de la degradación de gases que reemplazaron a los antiguos CFC, utilizados originalmente para proteger la capa de ozono. Desde el año 2000, se han acumulado aproximadamente 335 500 toneladas de TFA, lo que pone de manifiesto un nuevo desafío ambiental derivado de soluciones previas.

La deposición de TFA ha aumentado drásticamente, pasando de 6,8 toneladas anuales en 2000 a 21,8 toneladas en 2022. Este compuesto pertenece al grupo de los PFAS, conocidos como "químicos eternos" por su lentitud para degradarse en el medio ambiente. La Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas ha clasificado al TFA como dañino para la vida acuática, y su persistencia podría complicar la descontaminación de recursos hídricos.

Investigaciones muestran que el TFA ya ha sido registrado en regiones remotas como el Ártico, donde los gases contaminantes pueden transportarse y acumularse a lo largo del tiempo. La Unión Europea ha comenzado a abordar este problema con el reciente Reglamento 2024/573, que busca reducir los gases fluorados, aunque el estudio resalta la importancia de una mayor vigilancia sobre el TFA para prevenir futuros impactos ambientales significativos.