El impacto de la aviación en el clima se extiende más allá de las emisiones de dióxido de carbono, con evidencia científica que revela que otros efectos atmosféricos son igualmente significativos. Se estima que hasta dos tercios del efecto climático total del transporte aéreo provienen de factores como los óxidos de nitrógeno y las estelas de condensación, que complejizan la medición de su huella. En este contexto, la optimización de rutas a través de inteligencia artificial ofrece una solución eficaz, con potencial para reducir la huella climática hasta en un 30% sin grandes cambios en la tecnología de las aeronaves.

El uso inteligente de datos y tecnología satelital permite detectar estelas en tiempo real, facilitando ajustes en las rutas de los vuelos. Sin embargo, la creciente demanda de tráfico aéreo compensa las mejoras en eficiencia, lo que plantea un desafío adicional para la reducción de emisiones. La regulación europea que obligará a reportar los efectos no CO2 antes de 2027 es un paso adelante hacia un enfoque más integral sobre la sostenibilidad en la aviación, evidenciando la necesidad de rediseñar el sistema aéreo incorporando variables climáticas y tecnológicas para mitigar su impacto en el medio ambiente.