Con el contexto de una sequía estructural que ha afectado a Marruecos durante los últimos siete años, el país ha decidido transformar su política hídrica mediante la construcción de la mayor planta desalinizadora de África en Casablanca. Esta infraestructura, liderada por el consorcio español Acciona, prevé una capacidad de producción de 250 millones de metros cúbicos de agua potable al año y 50 millones adicionales destinados a la agricultura regional. El proyecto tiene como objetivo abastecer a más de 7,5 millones de personas y se ha diseñado con tecnología de ósmosis inversa, asegurando además el uso de energía renovable para minimizar la huella ambiental del proceso de desalinización.
Marruecos ha establecido un ambicioso plan que busca que, para 2030, el 60% de su suministro de agua potable provenga de fuentes desalinizadas, frente al 25% actual. Este cambio en la gestión del agua se apoya en una creciente inversión en nuevas plantas desalinizadoras, alcanzando un total de 1.700 millones de metros cúbicos de agua desalinizada anualmente antes de finalizar la década. A pesar de la complejidad de la ejecución de esta estrategia, el país pretende crear una red hídrica más estable, aliviando la dependencia de las precipitaciones y los embalses.
Sin embargo, el uso de agua desalinizada no está destinado a todos los cultivos, debido a su elevado coste. En cambio, la estrategia se centra en abastecer zonas costeras y liberar agua de los embalses hacia regiones interiores, buscando equilibrar las necesidades urbanas y agrícolas. A pesar de los beneficios, también existen desafíos asociados, como el consumo energético y la gestión de residuos salinos que podrían afectar el medio ambiente marino. Por ello, Marruecos se compromete a vincular sus nuevas plantas a fuentes de energía renovable, una decisión crucial en su contexto climáticamente cambiante.