La deforestación global, provocada por el consumo europeo de productos como soja, cacao y aceite de palma, ha conllevado la pérdida de más de 10,9 millones de hectáreas de bosques anualmente. Esta situación está en conflicto con la creciente demanda internacional de estas materias primas, afectando gravemente a ecosistemas vitales, comunidades locales y la biodiversidad. La Unión Europea, que se posiciona como el segundo mayor importador de productos que contribuyen a la deforestación, ha legislado el Reglamento sobre productos libres de deforestación (EUDR). Esta normativa obliga a las empresas a rastrear el origen de sus materias primas y prohíbe el comercio de productos provenientes de áreas deforestadas después de 2020. Sin embargo, la implementación de este reglamento enfrenta presiones de sectores que consideran que sus requisitos son excesivos, lo que podría debilitar su eficacia.
Ante esta crítica situación, diversas organizaciones ambientales han lanzado la campaña Hands Off Nature, que ha recopilado más de 400.000 firmas con el fin de garantizar la integridad de las normas ambientales. Este contexto hace necesario un cambio en los hábitos de consumo de la población y la adopción de políticas públicas más rigurosas para frenar la alarmante pérdida de bosques a nivel mundial. A la par, el calentamiento global y la deforestación contribuyen a condiciones climáticas extremas, como lo demuestran los pronósticos de este abril en España, donde se esperan temperaturas inusualmente altas, lo que subraya aún más la interconexión entre el cambio climático y la deforestación.