El Mundial de Fútbol 2026 está destinado a ser uno de los eventos deportivos más perjudiciales para el medio ambiente, con proyecciones de hasta 9.000 millones de toneladas de CO2 en emisiones. Este torneo, que se llevará a cabo en Estados Unidos, México y Canadá, surgió con la expansión de la competición a 48 equipos, lo que incrementa significativamente los desplazamientos y, por ende, la huella de carbono asociada al transporte.

Los especialistas destacan que la distribución geográfica de las sedes obligará a realizar desplazamientos constantes entre distintas ciudades, lo que aumentará las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, la presión sobre los recursos naturales, como el agua, y el consumo energético elevado por las infraestructuras necesarias son aspectos preocupantes. Más de 5 millones de visitantes se esperan en Ciudad de México, un número que podría generar tensión en el abastecimiento de agua y en el mercado de alquileres, afectando al equilibrio social de la ciudad.

Pese a esta alarmante realidad ambiental, el Mundial se presenta también como un motor económico, con ingresos estimados en 11.000 millones de dólares. Sin embargo, la falta de control efectivo sobre la sostenibilidad de estas infraestructuras y la delegación de responsabilidades a las ciudades disminuyen la posibilidad de mitigar el impacto ambiental real. Con futuros Mundiales planeados que incluirán más sedes en varios continentes, la tendencia parece lejos de ser sostenible. La necesidad de un enfoque más responsable y de mayor integración de la sostenibilidad en las grandes competiciones deportivas es más urgente que nunca.