La erupción del Mount St. Helens en 1980 destruyó vastas áreas de bosques y dejó el suelo sin materia orgánica ni nutrientes. En un experimento poco convencional, investigadores soltaron tuzas en parcelas de piedra pómez durante solo 24 horas. Seis años más tarde, se constató un crecimiento notable de 40.000 plantas en esas parcelas, destacando la importancia de estas pequeñas criaturas en la recuperación del ecosistema.

Las tuzas, al excavar, no solo movieron el suelo, sino que también facilitaron la creación de micorrizas, redes de hongos que ayudan a las plantas a absorber agua y nutrientes. Esto resultó en un suelo más saludable y habitable, con efectos que perduran en el tiempo. Además, el análisis de comunidades microbianas mostró que estas intervenciones impactaron positivamente en la composición del suelo, produciendo más carbono y nitrógeno, lo cual es crucial para la sostenibilidad de los ecosistemas. Por lo tanto, restaurar ecosistemas dañados requiere comprender la interdependencia de los distintos elementos del suelo, incluida la vida microscópica.