La inteligencia artificial (IA), aunque concebida como un fenómeno digital, tiene un impacto físico considerable que plantea desafíos ecológicos urgentes. Según un informe del Instituto del Agua, el Medio Ambiente y la Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH), se estima que los centros de datos asociados a la IA consumirán 448 teravatios-hora (TWh) de electricidad en 2025, ubicándose en el noveno lugar mundial entre los mayores consumidores de energía. Esta cifra podría duplicarse para 2030, alcanzando los 945 TWh, cifra equivalente a la de grandes países como Francia. Además, estos centros generarán una huella hídrica de 4,5 billones de litros de agua, suficiente para abastecer las necesidades domésticas de aproximadamente 600 millones de personas en África subsahariana.

Un punto crítico es la generación de contenido, donde actividades como la creación de vídeos requieren hasta 60 veces más energía que generar respuestas breves de texto. De hecho, un único vídeo generado puede demandar tanta electricidad como 200,000 tareas de clasificación de spam. La preocupación no se limita al consumo de energía y agua; también se estima que los centros de datos generarán una huella de carbono de 189 millones de toneladas de CO₂ equivalente, lo que requeriría plantar 3,200 millones de árboles para compensar dichas emisiones.

Frente a esta realidad, los expertos hacen hincapié en la necesidad de encontrar un equilibrio entre el desarrollo de tecnologías de IA y la sostenibilidad ambiental. Sostienen que se deben promover prácticas más sostenibles en la creación y el uso de la IA, además de acelerar la integración de energías renovables y diseñar infraestructuras menos perjudiciales para el medio ambiente. La transición hacia una inteligencia artificial más sostenible será clave para aprovechar sus beneficios sin comprometer los recursos naturales para las futuras generaciones.