La extinción del Pérmico-Triásico, ocurrida hace 252 millones de años, representó un desafío monumental para la vida en la Tierra, incluyendo a las plantas. Sin embargo, las licofitas, mediante la modificación de sus procesos de fotosíntesis, encontraron la forma de sobrevivir en condiciones extremas. Su capacidad evolutiva les permitió adaptarse a un clima cambiante y caluroso, utilizando un método que les permitía absorber dióxido de carbono por la noche y realizar la fotosíntesis durante el día, lo que minimizaba la pérdida de agua.
Este mecanismo, conocido como metabolismo ácido de las crasuláceas (CAM), permitió a estas plantas prosperar en entornos donde las temperaturas superaban los 50 grados Celsius. Su adaptación no solo les permitió sobrevivir, sino que también desempeñó un papel crucial en la recuperación de los ecosistemas tras la extinción, ayudando a estabilizar el clima al capturar dióxido de carbono de la atmósfera.
Hoy en día, las lecciones que nos enseñan las licofitas son más relevantes que nunca. A medida que enfrentamos el calentamiento global, la capacidad de estas plantas para adaptarse podría ser clave para entender la resiliencia de los ecosistemas actuales y anticipar cambios futuros en la vegetación.